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DON EUFEMIO

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En un curso de periodismo para aficionados que disfruté el año pasado, el profesor nos advirtió acertadamente que al escribir una necrológica nunca debemos cometer el error pedante de usar a la persona fallecida para hablar de nosotros mismos, destacando que la conocíamos, que nos apreciaba, que nos unía una fuerte amistad, que valoraba nuestras opiniones, que pasábamos mucho tiempo juntos.

Sin embargo eso haré, hablaré, ahora que ha muerto, tras una larga vida y arropado por su familia, de Eufemio Rollón, mi primera referencia de la Veterinaria cuando yo era un niño, y también hablaré de mí.

A finales de los años 70, cuando yo lo conocí, Don Eufemio, como le llamábamos sus clientes y conocidos, era muchas cosas. Era veterinario militar en Jerez, y también había ejercido la inspección de alimentos en la plaza de abastos de Cádiz. Y la ejerció de forma ejemplar, como me contaba mi padre, funcionario responsable de la administración del Mercado central durante casi dos décadas, que fue su amigo y presumía de ello, y que en ese puesto de administrador había comprobado que para los inspectores era muy fácil en aquellos años caer en las pequeñas o grandes corruptelas que mancharon la reputación de muchos. No es éste el caso.

Pero yo recuerdo a Don Eufemio en otra faceta profesional, la de pionero en los años 70 y 80 de la clínica de animales de compañía en un tiempo en que a los perros -si acaso- se les vacunaba contra la rabia y poco más. Ejercía en Cádiz, primero haciendo visitas a domicilio con su inseparable maletín hasta bien entrada la noche, y luego en la primera clínica veterinaria que se abrió en la capital, "Canymar", dignificando de esta manera la atención a las mascotas en Cádiz, en lo que sin duda fue una apuesta empresarial bastante arriesgada teniendo en cuenta el lugar que ocupaban entonces los animales de compañía en la escala de prioridades de cualquier familia.

Siendo niño acudí innumerables veces a su clínica. Y las menos veces llevando a mis perros, que también, sino toda una colección de distintos bichos que encontraba heridos en mis escapadas al campo. Don Eufemio salía de la consulta y se asomaba a la sala de espera: allí estaba yo sentado con un par de pollos de cernícalo caídos del nido, un galápago con una pata de menos, una gaviota con un ala rota, un camaleón esquelético o una cigüeña tiroteada por algún desalmado, luchando por escaparse de la toalla donde la traía envuelta y lanzando furiosos picotazos a los perros y gatos de alrededor que esperaban su turno sujetos por sus dueños.

"Espérate al final, cuando acabe las consultas" me decía con una paciencia infinita mientras miraba con curiosidad al nuevo paciente. Y ya de noche y con la clínica cerrada me dedicaba un buen rato dándome explicaciones y reparando -si se podía- alguno de aquellos estropicios, cuando no existían ni la Agencia de Medio Ambiente ni los Centros de recuperación de especies amenazadas.

Por supuesto que al acabar su trabajo jamás le pregunté -"Oiga ¿cuánto se debe?" ni yo le escuche a él decirme -"Niño, y estos antibióticos, jeringuillas, vendas, escayolas, clavos y horas de trabajo ¿quién las paga?"

Poco a poco empecé a espaciar las visitas, hasta que finalmente, cuando ya estaba estudiando la carrera en Córdoba, quise hacer prácticas como alumno en su clínica, pensando que además de aprender mucho podrá pagar mi deuda al menos pasando la fregona... Me daba tanta vergüenza aparecer tras tantas consultas gratis que le pedí a mi padre que nos presentara oficialmente... Él se reía cuando me vio: "¿Éste es tu hijo? Hombre, hace años que lo conozco" (creo que se ahorró lo de "es el niño más pesado de Cádiz"). Así que tras unos años en los que Don Eufemio se dedicó conmigo y mis pájaros averiados digamos que "a la beneficencia" pasó a ser mi maestro durante varios veranos, demostrándome -si cabe- aun más paciencia y generosidad.

Después llegaron otros tiempos, nos hicimos compañeros, a partir de los años 90 se multiplicaron las clínicas, la asistencia a las especies salvajes se profesionalizó y aquellos primeros clínicos fueron abriendo un difícil pero estimulante camino a otros muchos veterinarios de los que he seguido y hoy sigo aprendiendo mucho. Pero para mí él siempre será el primero, el más entregado... el mejor. Un ejemplo de profesionalidad y humanidad que siempre tendré presente.

Al enterarme de su fallecimiento, debido a la siempre inevitable ley de vida, pude acompañar a su familia en una abarrotada misa celebrada la iglesia de San José. La celebración estaba presidida por la imagen de La Borriquita en su paso, cosa que me pareció muy simbólica en el funeral de un veterinario y que estoy seguro que a él le hubiera gustado. Y es que no hay nada raro en ver un burro en este templo, ya que hasta bien entrado el siglo pasado los vecinos del barrio de San José, en Puerta Tierra, antes de que este nuevo Cádiz fuera completamente urbanizado, los traían a esta iglesia, junto con las vacas, cerdos, cabras, gallinas y perros que entonces poblaban sus huertas, hoy desaparecidas, para ser bendecidos el día de San Antón.

Al volver a casa recordé que en un libro que tengo sobre la historia del Colegio de Veterinarios de Cádiz que se publicó hace unos años, con motivo del centenario de esta institución, Don Eufemio escribió como prólogo unos simpáticos versos para que los lectores nos sonriéramos un rato y de paso valorásemos nuestra profesión:

(...) Soy quien ve los alimentos
en los mercados de abasto,
y procura que estén castos
ellos y los elementos
que manipulan los trastos.

Estoy atento a las tierras
ya las aguas insalubres,
curo a las vacas las ubres
y los pies a las becerras.

(...) Va mi recuerdo prendido
en un ramo de claveles
a los que nos fueron fieles
y por desgracia se han ido.

Que la losa del olvido
no caiga sobre su estancia
con que llevaron su cruz
den, como la estrella, luz
y como la flor fragancia.

Ni yo ni muchos te olvidaremos nunca. Muchas gracias maestro, descansa en paz compañero.

Agustín Fernández Reyes.
Noviembre de 2017.

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